Conversación con la MSc. Anabel Serrano Díaz

Soy investigadora en el Proyecto Autoinmunidad e Inflamación del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB). Inicialmente el proyecto se llamaba solo Autoinmunidad, porque el candidato farmacéutico fue concebido para tratar enfermedades autoinmunitarias como la artritis reumatoide. Sin embargo, después de la COVID-19, se empleó en pacientes graves y críticos, para tratar la inflamación asociada a la enfermedad. Fue entonces que se añadió Inflamación al nombre, pues se expandió el uso del candidato a otros nichos terapéuticos.
Llevo seis años trabajando en el CIGB, y empecé justamente en este proyecto. En un momento de reestructuración del sector, conocí a la Dra.C. María del Carmen Domínguez, quien me hizo una entrevista, y así comenzó mi vínculo. Desde que ella me describió el proyecto, me pareció muy interesante: ya tenía resultados de un ensayo clínico fase 1 y había un ensayo clínico fase 2 en curso. Llegar a esa etapa implica años de estudio, pero aún quedaban muchos factores por investigar sobre este péptido. Además, el proyecto se enfoca en el campo de la inmunología, que es el área que más me gusta dentro de la bioquímica, que es mi carrera.
Mi trayectoria en el proyecto aún es corta, pero casi todos los resultados han tenido impacto para el CIGB y, sobre todo, para la salud de las personas. Ese impacto lo hemos visto en los ensayos clínicos, en la intervención posterior en las provincias orientales (estudio Mariana) y en la evolución de los pacientes, la cual pudimos palpar directamente durante una visita a los sitios clínicos. Durante la COVID-19, el fármaco también demostró impacto en la sobrevida de los pacientes, que es el objetivo principal de cualquier tratamiento farmacéutico. Además, hemos visto resultados muy positivos en pacientes con artritis post-Chikungunya. Todo esto me enorgullece y me mantiene motivada.
Generalmente, los proyectos biofarmacéuticos demoran muchos años en llegar a las personas: estudios in vitro, pruebas en biomodelos no clínicos y luego los ensayos en pacientes. En nuestra etapa actual, mantenemos investigaciones en el laboratorio que también generan resultados motivadores. Cada vez que formulamos una hipótesis sobre el mecanismo de acción del péptido y realizamos experimentos que la validan, damos un paso de avance. Pero ver el impacto del fármaco en la salud de los pacientes es la principal motivación para quien trabaja en el sector biofarmacéutico.
Hasta ahora solo he trabajado con este fármaco y en todos los usos en pacientes ha inducido respuestas positivas. Con los nuevos fármacos siempre existen dos posibilidades: que no mejoren la dolencia o que tengan un impacto negativo sin resolver la enfermedad. Por eso la ética es vital en nuestra profesión, especialmente cuando está en juego la vida de los pacientes. Es necesario aceptar los resultados, reconducir la investigación o, en algunos casos, saber decir “hasta aquí”. Aunque todavía no me he enfrentado a una situación negativa con pacientes —en el laboratorio sí ocurre que algunos experimentos no salen bien—, sé que la ética debe guiarnos.
En nuestro laboratorio somos cuatro investigadores en el proyecto de investigación básica de Jusvinza, cada uno con su campo. Mi rutina consiste en estudiar, analizar los resultados de los últimos experimentos —ahora mismo tengo dos pendientes de análisis— y diseñar nuevos protocolos de evaluación in vitro y en biomodelos no clínicos para estudiar el mecanismo de acción del producto y validar su efecto antinflamatorio en otras posibles enfermedades. Estas pruebas son necesarias para consolidar el fármaco en Cuba y en el ámbito internacional, y para fundamentar su evaluación en nuevos nichos.
La etapa que más disfruto es la parte experimental: diseñar, probar, ejecutar. Aunque a veces los días sean muy intensos, cuando haces algo que te gusta, apenas lo sientes. La parte que más me gratifica es el contacto con los pacientes, pero la que más me apasiona es la experimental.
La Orden Julio Antonio Mella es la más alta distinción otorgada por la UJC, y reconoce una contribución importante en la defensa, el trabajo o el estudio. En mi caso, considero que es un reconocimiento al trabajo desarrollado desde la COVID-19 hasta la fecha. Pienso que es un reconocimiento a todos los jóvenes que practican la ciencia en el país, y que conmigo se quiso reconocer también a los jóvenes del CIGB y al impacto de sus resultados. Soy una representante de la ciencia que trabaja en un proyecto de gran importancia para el país. Y también soy militante de la UJC, integro el secretariado del comité de base del área de Investigaciones Biomédicas y participo en las actividades que organizamos. Por eso entiendo que esta distinción reconoce la labor de los jóvenes en el sector de la ciencia en Cuba.
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