Medicina cubana contra una hepatitis

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El desarrollo de una vacuna recombinante contra la hepatitis B hace que el país esté muy cerca de alcanzar la meta de eliminar el virus causante de una enfermedad que en el mundo cobra millones de vidas.

A pesar del inconsolable llanto que suele seguir a la administración de las primeras vacunas a un recién nacido, los padres cubanos se sienten confiados al saber que el futuro de sus hijos estará libre de algunas dolencias. Entre estas se destaca la Heberbiovac HB, producto fruto de nuestra ciencia encaminado a prevenir la infección del virus de la hepatitis B, que desde 1992 se aplica en el país.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la hepatitis B constituye un problema trascendental en muchas partes del orbe. Se estima que de las más de 200 millones de personas que están actualmente infectadas, cerca de 48 millones son niños. Asimismo 50 millones se infectan anualmente y más de un millón de seres humanos mueren cada año como consecuencia de algunas de sus complicaciones, como la cirrosis y el carcinoma hepatocelular (un tipo de cáncer primario del hígado).

A pesar de estos datos epidemiológicos, al no palpar directamente el drama, muchos cubanos desconocen la dimensión exacta de la importancia y el impacto del fármaco.

Historia de un virus

Aunque la hepatitis se conoce desde tiempos remotos, la evidencia de su naturaleza vírica tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial. Transcurría 1940 cuando la afección enfermó a muchos soldados británicos emplazados en zonas tropicales.

Todos habían sido vacunados contra la fiebre amarilla, y después de indagaciones dirigidas por un médico de apellido MacCallum, responsable de la producción de vacunas a partir de sueros humanos, se supo que algunos de estos lotes podían contener un agente infeccioso, probablemente procedente de donantes enfermos. El episodio permitió que fueran reconocidos en un inicio dos tipos de hepatitis: una transmitida a través del agua y otra mediante la sangre contaminada. MacCallum las denominó, respectivamente, hepatitis A y B.

Los esfuerzos por aislar al agente infeccioso que produce la hepatitis B se hallaban en un punto muerto hasta que luego de tres lustros el médico neoyorquino Baruch Samuel Blumberg, también conocido como «Barry», realizó un hallazgo inesperado.

Intrigado por la naturaleza selectiva de algunas enfermedades contagiosas como el paludismo, el médico comenzó a utilizar en sus investigaciones muestras de sangre que había recogido por el mundo hasta descubrir cómo los anticuerpos de un paciente hemofílico reconocían cierta proteína en la sangre de un aborigen australiano. Ese fue el origen del término de Blumberg conocido como «antígeno australiano».

En 1967 el galeno llegó a la conclusión de haber descubierto el virus de la hepatitis B, tras hacer reaccionar el suero de una de sus colaboradoras de laboratorio que sufría síntomas típicos de hepatitis, con el antígeno australiano (actualmente se le conoce como antígeno de superficie del virus de la hepatitis B, por ser una partícula del virus localizado en su capa externa).

Después de este hallazgo, Blumberg desarrolló una prueba diagnóstica para la enfermedad y junto al científico Irving Millman propuso, en 1968, la creación de una primera vacuna contra la hepatitis B realizada a partir de fragmentos de antígeno de superficie del virus, obtenidos de la sangre de portadores.

Entonces la producción de la vacuna estaba muy limitada por la necesidad de gran cantidad de sangre de portadores de la enfermedad y hubo que esperar por el advenimiento de la biotecnología para que se fabricaran a gran escala vacunas recombinantes a partir de levaduras transgénicas.

La vacuna cubana

En 1986, luego de diez años de investigaciones, se aprobó en el mundo el uso en humanos de la primera vacuna de este tipo producida por una compañía estadounidense, pero la producción y comercialización de este fármaco no estaba accesible a muchas personas y naciones por sus altos precios.

Ante esta dificultad nuestra biotecnología enfrentó el reto de producir su propia inyección y solo tres años después, en 1989, un consagrado equipo de científicos cubanos del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) logró producir una vacuna contra la hepatitis B sumamente efectiva.

Durante la clausura del evento de Pedagogía 90 celebrado en febrero de 1990, el Comandante en Jefe Fidel Castro expresó en alusión a esta gesta de la ciencia cubana: «Ya estamos probando nuestra vacuna contra la hepatitis B, y nuestra vacuna contra la hepatitis la comparamos con la única que existe de una transnacional de esas, y la nuestra, modestia aparte —que no ganamos nada con ser inmodestos—, es mucho mejor».

A inicios de la década de los 90 del siglo XX se diagnosticaban anualmente en la Isla más de 2 000 personas con hepatitis B aguda. Actualmente, al cumplirse 25 años de iniciada en Cuba la vacunación de todos los niños al nacer contra la hepatitis B —profilaxis que se hace extensiva a estudiantes y a grupos de riesgo—, resultan notables los logros que contrastan con la realidad vivida en muchos países del mundo.

Cuba se encuentra cada día más cerca de alcanzar una inmensa meta: eliminar el virus en su población. En estos momentos, gracias a las estrategias de vacunación con Heberbiovac HB establecidas por el Ministerio de Salud Pública, todos los cubanos menores de 35 años están inmunizados contra el virus de la hepatitis B, logro de la ciencia y de la salud pública anhelado por muchos en otras latitudes y en cuya historia van la impronta y la visión de un hombre desvelado por la ciencia: Fidel.