De vacunas y otras gestas

Posted on Posted in Sin categoría
Compartir/ShareShare on FacebookTweet about this on Twitter

En 1804 arribó a Cuba la Real Expedición de la vacuna contra la viruela, integrada por médicos, enfermeros, y hasta por niños en cuyos bracitos se mantenía vivo el virus. Pero, por desconocimiento del riesgo, o la incredulidad ante lo nuevo, la vacuna no tuvo impacto en la población.

Un gran salto en el tiempo marcó en el almanaque el 1959. Fue el triunfo de la Revolución, lo que posibilitó la inmunización, masiva y gratuita, en todo el país. Y en 1962 Cuba era declarada: Libre de Poliomielitis.

Paulatinamente, el avance científico del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología, y del Instituto Finlay, produjeron siete de las 10 vacunas que se aplican a los niños para protegerlos de 13 enfermedades.

Competía en las fuerzas protagónicas que garantizaron llevar esa misión de salud a los caseríos más intrincados del país, la Federación de Mujeres Cubanas.

Testimonios

Para conocer la magnitud de aquella primera campaña de vacunación antipolio, había que volver al Escambray*, justo en la zona donde se desarrollaba la lucha contra bandidos, campesinos de día, y bandidos de noche.

Burlando la actividad de los “alzados”, las federadas llegaron con los médicos y enfermeras hasta sus propias guaridas, vacunaron a sus hijos, y terminada la misión, volvieron satisfechas, dispuestas a enfrentar otra nueva tarea. ¡Y había que tener coraje! Las bandas, dirigidas por la CIA, asesinaban, saboteaban y sembraban el terror en la sierra trinitaria. Con el apoyo de las organizaciones políticas y de masas se cumplió también la campaña antiparasitaria; con tremendo arrojo, las federadas responsabilizadas con esa tarea contribuyeron a mudar a los campesinos del Escambray, para facilitar la operación de los cercos que dieron fin al bandidaje.

Valerosas mujeres las de esa tierra. Olvidadas de sí, convirtieron en éxito el compromiso de la organización. Cumplieron su histórica misión sin vacilaciones, decididas a defender la Revolución, al precio que fuera necesario.

Entre los testimonios recogidos entonces, al menos, traigo dos para ustedes. Nunca más supe de ellas, pero todas reciban eterno reconocimiento.

1. Margarita Álvarez Marcos

“Aquellas campesinas eran duras. Teníamos que hablarles mucho para convencerlas de que dejaran vacunar a sus niños. Les destacábamos los ejemplos de niños poliomielíticos de la zona, y del riego que corrían sus muchachos. Después que aceptaban que le diéramos el caramelo, había que vigilarlas, porque algunas madres enseñaban a sus hijos a escupir la vacuna sin que nosotros los viéramos.

“En un lugar de muy difícil acceso, fueron necesarias varias horas de charlas y explicaciones, hasta que la familia accedió a vacunarlos. Cuando terminamos, nos ofrecieron café. Eso nos asombró, porque no daban ni agua. Casi al despedirnos pregunté quién era el señor de una foto. Con un odio inmenso en los ojos, la mujer dijo: “Era mi hijo. Ustedes me lo mataron, porque se pasó a los bandidos”.

“Salimos en silencio del bohío, pensando en el café que tomamos. Después, nos dijeron que esa guajira fue una de las “alzadas” más fiera de la zona.

“Recorrimos Topes de Collantes*, “peinamos” Aguacate* y La Felicidad*. A veces teníamos el privilegio de subir en mulos, pero aquellas rocas, solo los pies y la voluntad podían vencerlas”.

2. Matilde Puig Paneque

“Convencer a la gente del Escambray para que cambiaran el modo de vida, fue tarea de gigantes. Ellos ayudaban a construir sus propias viviendas, pero después, a la hora de mudarlos, había que casi arrancarlos de los bohíos. Se arraigaban como los árboles.

“Respondieron mejor a la campaña antiparasitaria porque veían a los hijos que echaban lombrices por la nariz. Después que los curábamos, no había forma de hacerles comprender la relación entre la higiene y la cura de los parásitos.

“Nunca olvidaré a una miliciana que trabajaba en Río Cañá*, zona de bandidos, muy peligrosa. Una banda de alzados la había acorralado para “colgarla”… Pero ella era de las bravas. Cogió la metralleta y tiró una ráfaga. Hirió a un bandido, y los otros se dieron a la fuga, porque sabían que el resto de las milicias estaban “pegaditas” al lugar. Así mismo fue. ¿Y usted cree que esa muchacha cogió miedo? De ese bohío continuó para otro, con su carga de caramelos antipolio… ¡Y su metralleta!”